Existe una forma de culpabilizarse que no necesariamente aparece tras una decisión equivocada. A este tipo de culpa es necesario prestarle especial atención, ya que nace cuando asumimos responsabilidades que no nos corresponden.
Muchas personas viven ancladas a sus “deberías”:
“Debería haberme esforzado más”
“Debería haber ayudado más…”
“Debería haberlo visto venir”
Estos pensamientos generan una sensación permanente de insuficiencia. Nunca es suficiente. Nunca lo hiciste bastante bien.
Cuando algo sale mal —una discusión, una ruptura, un fracaso laboral, etc.— nuestra mente suele atribuirse una culpa desproporcionada, construyendo una narrativa que nos coloca como causa principal de lo ocurrido y asumiendo una responsabilidad excesiva.
La responsabilidad, en sí misma, es una cualidad sana. Nos permite revisar conductas, reparar errores y crecer. Sin embargo, cuando adopta un carácter excesivo, deja de ser una virtud para transformarse en carga.
Psicológicamente, este patrón está relacionado con lo que se conoce como personalización, una distorsión sutil mediante la cual relacionamos, sin base suficiente, los hechos del entorno con nosotros mismos, ignorando aquellos factores que no podemos controlar. El desgaste que genera esta dinámica puede traducirse en una sensación persistente de insuficiencia. Por ello, es importante recordar que resulta imposible controlar todas las variables.
Atribuirnos la responsabilidad de eventos que no dependen exclusivamente de nosotros es, en muchos casos, una interpretación irracional. Por ejemplo, en un proyecto grupal que se retrasa porque otras partes no se han comprometido, alguien puede atribuirse la responsabilidad de no haber estado más pendiente del equipo.
Este funcionamiento puede dar lugar a un estado continuo de alerta anticipatoria, algo que a largo plazo genera un desgaste significativo.
Si queremos comenzar a desmontar esta dinámica, racionalizar y objetivar los acontecimientos es esencial. Para ello, separar lo propio de lo ajeno y preguntarse: ¿qué parte de esto depende realmente de mí?, nos permite atribuirnos una responsabilidad más ajustada a la realidad, diferenciando lo interno de lo externo.
Aceptar que el control siempre será parcial no implica desentenderse, sino asumir una responsabilidad ajustada a la realidad.
Soltar lo que no nos corresponde puede resultar profundamente liberador. Por ello, para construir una relación más justa y compasiva con uno mismo, identificar cuándo la culpa es legítima… y cuándo es simplemente una interpretación irracional.
Diego Martínez es psicólogo clínico en Red Cenit



