¿Cuántas veces hemos escuchado o incluso hemos dicho frases como: “si sabe hacerlo, ¿por qué no lo hace?”, “es que cuando quiere puede” o “lo hace perfectamente cuando le interesa”?

Son expresiones muy habituales cuando hablamos de niños y niñas que presentan dificultades para organizarse, iniciar una tarea, mantener la atención o finalizar aquello que han comenzado.

Y es que, en muchas ocasiones, confundimos saber hacer algo con ser capaz de ponerlo en práctica de manera autónoma y en el momento adecuado.

Un niño puede saber vestirse y necesitar ayuda todas las mañanas para conseguir hacerlo a tiempo. Puede saber preparar su mochila y olvidarse cada día de alguno de los materiales que necesita.
Puede saber hacer los deberes y, sin embargo, ser incapaz de sentarse y comenzarlos.

¿Significa esto que no quiere hacerlo?

No necesariamente. En muchas ocasiones lo que encontramos detrás son dificultades relacionadas con las funciones ejecutivas.

¿Qué son las funciones ejecutivas?

Las funciones ejecutivas son un conjunto de habilidades cognitivas que nos permiten organizar nuestro comportamiento y dirigirlo hacia un objetivo. Gracias a ellas podemos planificar, organizar, iniciar una actividad, mantener la información que necesitamos en nuestra memoria de trabajo, controlar nuestros impulsos, cambiar de estrategia cuando algo no funciona o revisar si hemos conseguido aquello que nos proponíamos.

Aunque muchas de estas habilidades las utilizamos continuamente en nuestra vida cotidiana, no somos conscientes de ellas hasta que aparecen dificultades.

Pensemos, por ejemplo, en algo tan sencillo como preparar la mochila para el colegio.

Para nosotros puede parecer una tarea muy fácil. Sin embargo, para un niño puede implicar recordar qué necesita para el día siguiente, localizar los materiales, seleccionar los adecuados, organizar el espacio, comprobar que no falta nada y, además, hacerlo sin distraerse por el camino. Son muchos procesos que tienen que funcionar de manera coordinada.

Por eso, cuando un niño no consigue realizar una tarea que aparentemente conoce, es importante preguntarnos qué parte del proceso está fallando antes de pensar que se trata de falta de voluntad.

“Cuando quiere, puede hacerlo”

Esta es probablemente una de las frases que más confusión genera. Y es cierto que podemos observar cómo un niño puede permanecer concentrado durante mucho tiempo realizando una actividad que le interesa y, en cambio, tiene enormes dificultades para comenzar una tarea escolar o recoger sus juguetes. Pero esto no significa necesariamente que esté eligiendo cuándo utilizar sus capacidades, simplemente las demandas cognitivas no son las mismas, ya que una actividad que nos resulta motivadora puede requerir menos esfuerzo para mantener la atención que otra que nos resulta aburrida, compleja o que requiere organizar muchos pasos.
También influyen el cansancio, el nivel de estimulación del entorno, el sueño, la ansiedad, la motivación o la cantidad de información que tenemos que mantener en nuestra memoria.

Por eso es fundamental no quedarnos únicamente con el resultado final de la conducta, sino intentar comprender qué está ocurriendo durante el proceso.

Pero también podemos preguntarnos: ¿No quiere hacerlo o no sabe cómo empezar? Esta pequeña diferencia puede cambiar completamente nuestra forma de intervenir.

La importancia de dividir las tareas

Cuando una actividad es demasiado amplia, puede resultar útil dividirla en pequeños pasos.
No es lo mismo decir: “Ordena tu habitación”, que decir: “Primero vamos a guardar los juguetes”.
Y después: “Ahora vamos a recoger los libros”.

De esta manera conseguimos que el niño tenga un objetivo más concreto y pueda ir alcanzando pequeños logros. Poco a poco, esos apoyos externos pueden ir desapareciendo, ya que nuestro objetivo no debe ser que el adulto esté continuamente diciéndole qué tiene que hacer, sino ayudarle a desarrollar las estrategias que le permitan hacerlo por sí mismo.

Ayudar no significa hacerlo por ellos

En ocasiones, cuando vemos que nuestro hijo tiene dificultades, terminamos haciendo nosotros aquello que debería hacer él: prepararle la mochila, recoger sus cosas, organizarle los deberes… Y es comprensible, por las prisas, el cansancio y las dificultades del día a día hacen que muchas veces pensemos: “Es más rápido si lo hago yo”. Pero debemos tener en cuenta que, si siempre hacemos las cosas por ellos, estamos reduciendo las oportunidades que tienen para aprender a hacerlas de manera autónoma, por eso es importante encontrar un equilibrio entre acompañar y hacer por ellos.

Podemos ofrecer una lista visual para preparar la mochila, establecer una rutina para los deberes, utilizar un calendario o simplemente ayudarles a organizar los primeros pasos de una tarea. Al principio necesitarán más ayuda y con el tiempo, el objetivo será que esa ayuda vaya disminuyendo.

¿Qué podemos hacer desde casa?

Algunas estrategias sencillas pueden ayudar a favorecer el desarrollo de estas habilidades:

  • Dar instrucciones claras y concretas.
  • Dividir las tareas complejas en pequeños pasos.
  • Utilizar apoyos visuales cuando sea necesario.
  • Anticipar los cambios y las actividades que vamos a realizar.
  • Establecer rutinas que faciliten la organización.
  • Darles tiempo para responder y actuar.
  • Evitar realizar inmediatamente por ellos aquello que pueden intentar hacer.
  • Valorar sus avances, aunque todavía necesiten ayuda.
  • Enseñarles estrategias para organizarse y no únicamente exigirles que se organicen.

Y, sobre todo, conocer las características y necesidades de cada niño, puesto que no todos necesitan los mismos apoyos ni durante el mismo tiempo.

Comprender antes de juzgar

Cuando un niño no hace algo que sabemos que puede hacer, es fácil interpretar su conducta desde nuestra perspectiva adulta, con freses como: “Es vago”, “No se esfuerza”, “No quiere”, “Lo hace cuando le interesa”, pero quizá necesitamos cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos únicamente “¿por qué no lo hace?”, podemos preguntarnos:

“¿Qué necesita para poder hacerlo?”

Porque detrás de una conducta que aparentemente no tiene sentido, puede existir una dificultad para iniciar, planificar, organizar, mantener la información, controlar los impulsos o adaptarse a los cambios. Y cuando realmente conseguimos identificar qué está ocurriendo, podemos ofrecerle las herramientas que necesita.

Tenemos que tener en cuenta que las funciones ejecutivas se desarrollan a lo largo de la infancia y la adolescencia y tienen un papel fundamental en el aprendizaje, la autonomía y la adaptación a las diferentes situaciones de la vida cotidiana, por eso es tan importante, enseñar a un niño a organizarse, planificarse o iniciar una tarea y esto no consiste simplemente en decirle lo que tiene que hacer sino consiste en acompañarle para que poco a poco sea capaz de hacerlo por sí mismo, porque quizá no se trate de que “no quiera” posiblemente todavía no sepa cómo hacerlo solo, y ahí es donde nuestra mirada como adultos puede marcar una gran diferencia.

“Los límites no están en las personas, están en el entorno”

Marian Sirera Conca, Pedagoga en RED CENIT Valencia 


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