“Es un malcriado”, “solo te está midiendo”, “si cedes ahora, te va a ganar la partida”
Si acompañas a un niño con un perfil neurodivergente, o sospechas que su procesamiento sensorial es diferente, seguro que has tenido que respirar hondo frente a estos juicios externos. Y lo peor es que, en los días de mayor cansancio, esos juicios se clavan dentro y nos hacen dudar de nosotros mismos.
Como profesional y acompañante de familias en Red Cenit, donde caminamos junto a realidades y perfiles muy diversos, hoy quiero invitarte a mirar más allá de la conducta visible.
Detrás de ese malestar no hay un niño que quiera molestar, sino un sistema nervioso desbordado que intenta ponerse a salvo. Si confundimos el límite de su paciencia con un berrinche caprichoso, terminamos imponiendo nuestra fuerza cuando lo único que necesita es un refugio donde sostenerse.
Diferenciemos ambos conceptos desde la evidencia científica, pero, fundamentalmente, desde una mirada respetuosa.
El berrinche: un proceso madurativo y de comunicación
El berrinche tiene una base conductual y evolutiva. Ocurre cuando la corteza prefrontal del niño, todavía muy inmadura, se enfrenta a la frustración de no obtener aquello que desea o de perder el control de una situación.
El ejemplo cotidiano: imagina que es la hora de cenar y tu hijo quiere utilizar su tenedor con su dibujo favorito, pero está sucio o no está disponible en ese momento. Al ofrecerle otro tenedor, se tira al suelo, llora y protesta.
Hay una intencionalidad clara: busca que resuelvas su deseo. Si mágicamente apareciera el tenedor con sus dibujos, la tormenta cesaría de inmediato. Su llanto tiene un destinatario, tú, y un propósito.
La mirada pedagógica: hay un deseo frustrado, pero el niño conserva cierto nivel de control sobre su cuerpo y su seguridad.
Tu papel como acompañante: sostener el límite con amor y desde una presencia firme. Validar su emoción: “Sé que querías el tenedor con tu dibujo favorito y te enfada no tenerlo, pero hoy usaremos este”. El niño necesita aprender, poco a poco, a transitar el “no”
La crisis sensorial o meltdown: el colapso del sistema de alarma
Aquí no hay metas, manipulación ni caprichos. El meltdown es la manifestación física de un cerebro abrumado.
Ocurre cuando el entorno supera la capacidad de procesamiento del niño y su carga alostática, es decir, el coste acumulado que el estrés y el esfuerzo provocan en el cuerpo, se desborda. En ese instante, su sistema de alarma interno se activa por completo y bloquea temporalmente su capacidad para pensar con claridad.
El ejemplo invisible: tu hijo llega a casa después de una jornada escolar en la que, aparentemente, todo ha ido bien. Ha realizado un esfuerzo invisible y colosal por “portarse bien” y encajar mediante el enmascaramiento o masking. Su vaso sensorial llega lleno hasta el borde.
Al llegar a casa, se le cae un trozo de comida del tenedor y explota. Pero no llora por la comida: el tenedor ha sido únicamente la última gota.
Grita con un dolor desgarrador, golpea el suelo, se tapa los oídos o arremete contra lo que tiene cerca. Su mirada parece perdida. Si le ofreces el tenedor con su dibujo favorito, lo tira. Si intentas hablarle o establecer una consecuencia, la crisis se intensifica.
La mirada pedagógica: la corteza prefrontal, la parte del cerebro encargada de la lógica y del control de los impulsos, se ha “desconectado” debido a la saturación. El niño ha entrado en un estado de supervivencia.
No te lo está haciendo a ti: le está pasando a él.
Su cuerpo está inundado de cortisol y adrenalina y, en ese momento, ha perdido el control sobre sí mismo.
Tu papel como acompañante: en pleno colapso, el aprendizaje es imposible. Tu única misión es garantizar la seguridad y favorecer la corregulación.
Tu sistema nervioso, convertido en un anclaje sereno, predecible y seguro, debe ser el contenedor de su caos. Baja las luces, apaga o reduce los ruidos, utiliza las mínimas palabras posibles y conviértete en su refugio hasta que su cerebro y su cuerpo regresen a su estado de calma.
Un abrazo para tu paciencia…
Sé perfectamente cuánto agota sostener este día a día. Sé el miedo que produce ver a tu hijo desbordado por una crisis y la carga invisible que implica obligarte a respirar cuando tu propio cuerpo también entra en alerta.
Pero la próxima vez que el caos estalle en casa, antes de responder desde el impulso o la sanción, te invito a detenerte un segundo y recordar esta pregunta:
¿Mi hijo busca una meta o su cerebro busca un refugio?
Al transformar nuestra perspectiva, liberamos a un sistema nervioso colapsado de la obligación de ser racional.
Una crisis no se frena con rigidez. Se acompaña con un adulto dispuesto a ser el paraguas en mitad del temporal.
Si sientes que el clima en tu hogar se está volviendo insostenible y necesitas pautas para anticipar y acompañar estos momentos, recuerda que no tienes por qué hacerlo a solas.
Estoy aquí para acompañaros en este camino.
“Detrás de cada comportamiento hay una necesidad. Si no abordamos la necesidad, castigar el comportamiento solo enseña al niño que el mundo no es un lugar seguro para expresar su dolor”
( Dr. Gabor Maté)
Vanessa Civera, pedagoga y terapeuta en RED CENIT



