Del TDAH se dice de todo: que no existe, que alguien reconoció habérselo inventado, que es un negocio, una moda, un fraude,…

La controversia suscitada sobre su existencia se la puede situar a raíz de la notica publicada en un periódico alemán en 2012 donde se afirmaba que el “descubridor” del TDAH, Leon Eisenberg (1922–2009), confesó pocos meses antes de morir que “este trastorno realmente no existía”. Esta afirmación fue producto de una mala traducción del artículo original, donde se hablaba sobre el incremento de diagnósticos de enfermedades mentales. Eisenberg afirmó que este trastorno estaba siendo sobrediagnosticado y que había que plantearse ser más preciso al respecto. Muchos han aprovechado esta traducción errónea para negar un trastorno que comenzó a describirse mucho antes de que el propio Eisenberg hubiese podido “inventarlo”.

Un repaso por la historia desmonta la afirmación de que su “inventor” confesó que “este trastorno realmente no existía”:

Hay que destacar que no se puede atribuir a una sola persona el descubrimiento del TDAH. Eisenberg  fue un psiquiatra infantil que llevó a cabo estudios sobre el efecto de los fármacos en niños con problemas de concentración durante la segunda mitad del siglo pasado. Antes que él, otros ya detallaban la  sintomatología de este trastorno:

  • Los primeros registros datan de 1798. Alexander Crichton, describió las características de lo que actualmente entendemos como TDAH presentación inatenta. Lo denominó “Agitación o Inquietud Mental”, refiriéndose a un estado inquieto y a la incapacidad para atender con constancia.
  • Más tarde, en 1845, Heinrich Hoffmann, escribió la obra “Pedro el Melenas”, un conjunto de 10 cuentos sobre problemas psiquiátricos en la infancia y adolescencia. Uno de ellos habla de las dificultades de atención e hiperactividad de “Felipe el Nervioso”.
  • En 1902, George Still, publicó un artículo en el que describió a un grupo de niños con síntomas similares a lo que hoy en día se diagnosticaría como TDAH con presentación combinada: niños que no dejaban de moverse y  lo tocaban todo, desconsiderados con los demás, que no parecían preocupados por las consecuencias de sus acciones,  con un carácter escandaloso, que manifestaban una gran falta de atención y parecían carecer de “control sobre su conducta”. Still se refirió a este conjunto de síntomas como un “Defecto de Control Moral” y falta de inhibición volitiva, cuya atención se veía supeditada a aquellos estímulos que les ofrecían una gratificación inmediata. Ya entonces, Still, supuso que esta especie de desviación social era una enfermedad neurológica que no se debía a una mala crianza o a una bajeza moral, sino que más bien era producto de una herencia biológica o de una lesión en el momento del nacimiento.
  • Desde Still hasta los años 50, el TDAH fue concebido como el resultado de un daño cerebral. Sin embargo, las investigaciones indicaban que estos síntomas también se manifestaban en niños que no tenían una clara evidencia de haber sufrido algún daño en el cerebro, por lo que se pensó que el trastorno estaba causado por un daño cerebral muy leve y apenas perceptible o, más bien, una disfunción en general, por lo que el TDAH pasó a llamarse primero Daño Cerebral Mínimo y después, Disfunción Cerebral Mínima.
  • A finales de los años 50 surgen diferentes hipótesis. La hiperactividad se convirtió en el síntoma primario, en detrimento del déficit de atención y de la impulsividad y, desde 1950, el trastorno cambió su nombre por el de  Síndrome Hipercinético.
  • En 1960 se presenta la hiperactividad como un trastorno del comportamiento, coincidiendo con la visión conductista. Stella Chess y otros investigadores separaron los síntomas de la hiperactividad de la noción de lesión cerebral y defendieron el “síndrome del niño hiperactivo”.
  • En 1968, el TDAH aparece por primera vez en el DSM II (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), con el nombre de “Reacción Hiperkinética de la infancia”.
  • En la década de los 70, la dificultad para mantener la atención y para controlar los impulsos, es decir, los aspectos cognitivos, empiezan a adquirir relevancia frente a la hiperactividad. Las investigaciones de Virginia Douglas en 1972 influyeron en el cambio de denominación del TDAH en el DSM III, y el trastorno pasó a denominarse Trastorno de Déficit de Atención con o sin hiperactividad, haciendo hincapié en el aspecto atencional y en la insuficiente autorregulación o impulsividad y que, en algunos casos, podía acompañarse de hiperactividad.
  • En su última versión del  DSM, el DSM-V, el TDAH ya no es considerado como un trastorno de la conducta, sino como un trastorno del desarrollo neurológico.

Son muchos años ya de experiencia y de trabajo, tanto con las personas que lo sufren, (y hablo de personas, porque no sólo son niños, sino también de adultos), como con sus familias. Navegando por Internet podemos encontrarnos con “afirmaciones”, con las que por supuesto no estoy de acuerdo y no voy a rebatir; tan sólo reproduciré algunos ejemplos:

  • El TDAH es un trastorno debido a la forma actual de vida, antes no existía.
  • A sentarse es algo que hay que aprender.
  • No existe ninguna alteración en el cerebro.
  • Hay muchas familias donde no se asume que la educación de los niños es más difícil de lo que se pensaba, molestan y por eso les dan la pastilla.
  • Los niños así diagnosticados son, en su mayoría, niños sanos con conductas que su entorno familiar o escolar no sabe tolerar o corregir de forma adecuada.
  • Los problemas reales son: la escasez de vida familiar (¿cuántas horas pasan los padres con los niños?), padres que están ausentes de sus hijos, (no tanto física sino emocionalmente), padres que no atienden a sus hijos cuando están con ellos.
  • Muchos psiquiatras justifican el diagnóstico para tranquilizar y agradar a los padres, como diciendo que no son “padres negligentes”, ni los niños son “vagos” o “perezosos”.
  • No hay diferencias entre “cualquier niño” y un niño diagnosticado de TDAH, salvo que el niño diagnosticado de TDAH “a menudo se distrae” (aunque sí está atento a otras cosas como jugar a la Play); “a menudo se mueve mucho”, (lo que es propio de todos los niños); “a menudo no espera” (porque a esperar se aprende, como también se aprende a atender y a estar quieto cuando la situación lo requiera),…

Lo que inquietó a Eisenberg fue el sobrediagnóstico, pero no negó la existencia del TDAH. Este incremento de diagnósticos no se debe al fraude, ni a los negocios o a las modas, se debe a la mayor formación y sensibilidad  en la detección de estos problemas.

Lo preocupante es que actualmente haya personas que sigan defendiendo la idea de que el TDAH no existe, a pesar de la gran cantidad de estudios científicos que así lo demuestran.

La revista médica Lancet Psychiatry, publicó en febrero de 2017 un estudio: “Diferencias en el volumen cerebral subcortical en sujetos con TDAH en niños y adultos”. Se trata de un estudio internacional en el que participaron 1713 personas con TDAH y 1529 controles con edades entre los 4 y los 63 años. Este estudio ha añadido más evidencias sobre la base neurobiológica de este trastorno. Se descubrió que las personas con TDAH poseen una reducción en el volumen de estructuras subcorticales del cerebro.  Los investigadores esperan que con él se ayude a mejorar la comprensión del trastorno que afecta a 1 de cada 20 personas y terminar con la creencia de que el TDAH es una etiqueta para chicos difíciles o el resultado de padres que no saben poner límites.

El TDAH es un trastorno que afecta a millones de personas.  Aquellos que lo sufren y que conviven con sus consecuencias saben que no se puede negar su existencia. Negarla es simplemente una irresponsabilidad.

Paqui Moreno, psicóloga y terapeuta en Red Cenit Valencia

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