Antes de vestirnos quitémonos la etiqueta y adaptémonos a la diversidad.

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Este 2015 me gustaría que mucha más gente llevase a la práctica algo, que desde que inicié mis estudios he defendido e intentado trasmitir de forma que, todos mis amigos y colegas ya están contagiados con esta idea y así lo trasmiten también.

Liberarnos de los miedos!  Sí, y el miedo al miedo también. Nos movemos en ocasiones preocupados y preocupadas por la imagen que estamos dando a los demás:

¿Cuál será la etiqueta que llevo colgada, qué pensarán de mi o mi familia?

¿Verán mis virtudes a pesar del tiempo que hace que me hice adulto/a?

¿Aceptarán mis fantasmas, se pondrán en mi piel antes de juzgar?

Personalmente, tengo la gran fortuna de trabajar en lo que más me apasiona. Es como si me hubiese tocado el día que me contrataron el gordo de Navidad. Cada día con mis entregados héroes y heroínas, niñ@s que me enseñan el valor más cierto de las cosas.

Y no solo hablo de los peques, también rindo honores a los familiares, que superan todo tipo de vicisitudes y además, te alegran el día con su sonrisa y viceversa. Estos son los verdaderos alicientes para confiar en el cambio que nuestra sociedad necesita, que debemos promover.

El cambio más importante y al alcance de nuestras manos, pues el cambio está en nosotros. Ser humanos entre nosotros, seamos lentos para juzgar y utilicemos de manera asidua la empatía. No hablo de sentir pena o compasión, hablo de ser justos y no prejuzgar.

Profesionalmente, necesito establecer “etiquetas diagnósticas” que concretan el porqué de un plan de intervención determinado y que socialmente deberían ayudar al colectivo a saber, de forma aproximada, cómo adaptarse frente a esa persona por presentar algún tipo de condicionante.

El problema es cuando la etiqueta diagnóstica se escucha antes que el nombre de la persona/niñ@ al cual nos referimos. Cuando partimos de generalizaciones tan absurdas como que todos los valencianos deberíamos saber cocinar paella.

El otro día una Mamá me decía: “Soy feliz porque a pesar de todo, sé que mis hijos no sufren por su trastorno, sé que ellos son felices”. Y eso es una afirmación increíble y es por ella que decidí escribir este artículo.

Hagamos que en nuestro pequeño trocito de pueblo, barrio o ciudad, en nuestro entorno con el que compartimos el día a día, las personas sean cuales sean sus credos, origenes, actitudes, aptitudes, trastornos o diferencias, ante todo se sientan lo que son; PERSONAS.

No impongamos más sufrimiento con nuestros miedos, nuestra irracional discriminación o temor a lo que es diferente o aquellas cosas que no entendemos o desconocemos. No es tan difícil arrimar el hombro para facilitar, normalizar…La vida cotidiana de todas esas familias que luchan día a día por un mundo adaptado a la felicidad, adaptado a la diversidad.

Porque cada uno de mis peques vale su peso en oro y merece la alegría, quitarles las trabas que en la sociedad imponemos. Quitémonos el temor a echar una mano a esos vecinos/as que sabemos necesitan una sonrisa de apoyo cuando todo parece ponerse del revés a su alrededor.

Y tú, ¿qué tipo de persona quieres ser?, ¿Cambiamos el mundo para mejor? Atrévete a quitarte las etiquetas…

“Sólo los pies del viajero saben del camino” Proverbio Maasai.

Mónica Orozco, logopeda y terapeuta en Red Cenit.