Vivimos en una sociedad rodeada de etiquetas, de marcas, de rótulos que nos sirven para identificar, clasificar o valorar objetos, comportamientos o personas. Las etiquetas, generalmente, nos facilitan la vida; pero en otras ocasiones suponen grandes trabas.

Vamos al supermercado y las etiquetas nos ayudan a escoger los productos que necesitamos, para ver si su composición, ingredientes o aditivos nos interesan o nos pueden perjudicar y, en función de ello, decidimos dejarlos en la estantería o ponerlos en nuestra cesta.

Pero, ¿qué pasa cuando nos fijamos solo en la etiqueta, cuando nos quedamos sólo con el rótulo y no nos fijamos en los detalles, en  su composición o en  sus instrucciones de uso? Imaginemos  que nos compramos un bonito vestido que, además de sentarnos genial, es de una buena marca. Y nos quedamos ahí, en que lo que se ve por fuera: es bonito y nos sienta genial; pero no nos fijamos en los detalles de su etiqueta, esa en la que se nos dice como lavarlo. En la primera lavada el vestido queda hecho un verdadero trapillo. No es que es el vestido fuese de mala calidad, simplemente no nos molestamos en informarnos antes de actuar, deberíamos haberlo lavado en seco.

La historia del vestido solo sirve de excusa  para que comprendamos que debemos ser más curiosos y reflexivos antes actuar o de opinar. Si estropeamos un vestido por no habernos informado antes sobre lo que nos indica su etiqueta, habremos perdido algo de dinero y el vestido irá a la basura. ¿Qué ocurre cuando opinamos de las personas que están marcadas con una etiqueta y lo desconocemos todo o gran parte de dicha etiqueta? Y, peor aún, ¿Qué ocurre cuando directamente les etiquetamos de forma incorrecta?

Las etiquetas nos ayudan a unificar criterios, a agrupar productos, a definir costumbres o normas sociales; son útiles y son necesarias. Pero cuando hablamos de personas, debemos ser extremadamente cautos. Debemos ser capaces de ver  más allá de las etiquetas puesto que, en ocasiones encorsetan, impiden avanzar y, en el peor de casos, hacen de las personas verdaderos “trapillos” que, por supuesto no tiramos a la basura, pero a las que sí vamos apartando poco a poco. Tal vez no nos demos cuenta, pero a estas personas  se les complica la vida enormemente, porque generamos en ellas sentimientos de impotencia, de incomprensión, de inferioridad alcanzando niveles de ansiedad exagerados que no tendrían por qué padecer si nos detuviésemos a saber y comprender un poco los motivos del por qué actúan como lo hacen . Debemos ser  capaces de ver más allá de la simple etiqueta,  de conocerla bien para poder opinar, debemos tener una visión más amplia y  ser capaces de “ver lo invisible” teniendo siempre en cuenta que además somos únicos, individuales e irrepetibles. Hablamos de la etiqueta del TDAH.

Las etiquetas deben ayudarnos a construir, jamás a destruir. Cuando colgamos la etiqueta del TDAH a un niño al que calificamos de maleducado o de difícil o de vago y a sus padres de permisivos o de incompetentes, y nos quedamos ahí, sin profundizar en las causas, estamos destruyendo, apartando, estamos tirando el vestido a la basura.

Tal vez las siguiente confesión, que me reveló el padre de un niño con TDAH, (cuya presentación era combinada y su afectación grave, y de forma comórbida trastorno negativista desafiante y problemas de aprendizaje), pueda parecer dura, e incluso moleste a algunas personas, pero me gustaría compartirla para que esas personas que hablan sin saber de qué lo hacen, reflexionen antes de hablar y calificar. Este padre, con los ojos llenos de lágrimas, me contó que en muchas ocasiones había deseado que su hijo tuviese Síndrome de Down en lugar del TDAH, porque al menos la gente se mostraría más comprensiva tanto con ellos, los padres, como con su hijo. No tendrían que soportar tantos desaires, comentarios o miradas desagradables e incluso de desprecio. La etiqueta del  Síndrome de Down es visible, como lo son las gafas, las sillas de ruedas. En estos casos la etiqueta es visible y resulta útil porque intentamos comprenderles, les ayudamos a construir, no les destruimos. La etiqueta del TDAH no lo es.

La vida para una persona con la etiqueta del TDAH, que no es visible, suele ser muy difícil. A menudo, tiene que hacer frente a muchas frustraciones diarias: problemas con los amigos, en la escuela, en el trabajo, olvido de tareas que costaron tanto esfuerzo el día anterior, etc. Esta frustración continua hace que unos manifiesten conductas agresivas, que  otros tengan dolores físicos, que otros oculten sus sentimientos para que no conozcan cómo se sienten,… En general, tienen pocas experiencias que les hagan sentirse valiosos y competentes. Es frecuente que la única atención que reciban sea la de ser regañados, castigados, apartados. Se sienten incomprendidos y sienten que los demás creen que ellos mismos pueden controlar su conducta, cuando en realidad no es así. Por eso, si son hiperactivos, se suele decir que son “malos” y sin son inatentos, “vagos”. Para los padres tampoco es fácil tener un hijo con TDAH, muchas veces se sienten impotentes y sin recursos para afrontar el día a día: rabietas, desorden, un hijo que no escucha, etc.

En este artículo no voy a detenerme en explicar cuáles son las características comportamentales del TDAH, o de la disfunción ejecutiva que padecen, o de cuáles son  sus desequilibrios neuroquímicos, o  del retraso madurativo de estos cerebros, hay mucho escrito al respecto. Hoy mi objetivo es solo el de intentar concienciar. En Red Cenit, como supongo harán en otros centros donde se trate el TDAH, machacamos a nuestros niños, adolescentes y adultos, entre otras cosas, para que aprendan a parar y así poder pensar antes de hablar o de actuar.

PARA, PIENSA Y ACTÚA, tres palabras que intentamos grabarles para que su vida tenga menos dificultades, menos problemas, para que se relacionen de forma efectiva, para que consigan hacer en cada momento lo que saben hacer pero que no hacen no porque sean maleducados, no porque sean vagos, sino por las características intrínsecas que conlleva el propio TDAH.

Toda opinión debería exigir un conocimiento previo.

Sólo cuando conozcamos y COMPRENDAMOS cuáles son los síntomas, sus manifestaciones y las causas del trastorno, (es decir, que no son conductas intencionadas), sólo cuando eliminemos las ideas erróneas o preconcebidas y  sólo entonces, podremos opinar y podremos permitirnos así, canalizar nuestra ayuda o nuestras opiniones de forma eficaz,  utilizando las etiquetas no para destruir sino para ayudarles a construir, a mejorar y favorecer su desarrollo personal, social, académico y laboral de las personas con TDAH.

Paremos, pensemos y con conocimiento de causa, actuemos TODOS después. Reflexionemos sobre nuestras propias opiniones y reacciones, y sobre las consecuencias que éstas puedan tener tanto para las personas con la etiqueta del TDAH como para sus familias.

Paqui Moreno, psicóloga y terapeuta en Red Cenit Valencia