Como ya sabemos, el TDAH es un trastorno de origen neurológico que se manifiesta en la conducta de la persona; y subrayo persona porque como también sabemos, aunque se trate de un trastorno del neurodesarrollo y que por tanto se manifiesta en la infancia, hay pruebas científicas que indican que dos tercios de los niños con TDAH lo seguirán sufriendo cuando crezcan, en la edad adulta.

La  manifestación conductual del trastorno es algo que todos podemos observar, algo que todos podemos ver, pero que no todos interpretamos de igual manera, tal vez porque desconocemos los motivos que las desencadenan. Cuando desconocemos las causas que provocan ciertos efectos, las interpretaciones que se dan de las mismas varían en función de los datos de que disponemos y de las personas que los interpretan.

Prácticamente ya nadie duda del mal funcionamiento del lóbulo frontal en el TDAH, y como consecuencia de ello, de la mala regulación, del mal control que ejerce sobre las funciones ejecutivas.
Sobre las funciones ejecutivas hay mucho investigado y mucho escrito. Trataré de hacerlas más visibles y por tanto más comprensibles partiendo del modelo del doctor Barkley.

Básicamente, el Dr. Barkley agrupa estas funciones en cuatro y cada una de ellas se ocupa de:

  1. Ojo de la mente.  Mira al pasado para actuar en el presente pensando en el futuro, y cuando nos falla sólo podemos ver el presente. Nos permite ver y tener conciencia  real del tiempo, de planificarnos y de  establecer previsiones,  guiándonos por el camino adecuado para llegar dónde y cuándo queremos, o debemos. Para ello tenemos que ser conscientes  de lo que nos ocurrió en otras ocasiones en el pasado, de modo que en el presente no tengamos los mismos errores que pudimos cometer y que nos impidieron alcanzar la meta que nos habíamos o que nos habían propuesto. Debemos ser conscientes de que las consecuencias de  lo que hagamos ahora, en el presente, repercutirán en el futuro y de  cómo acabaremos, si es que lo hacemos, dicho camino.
  2. Voz de la mente. Nos permite hablarnos a nosotros mismos para regular nuestra conducta y dirigirla o redirigirla en caso de salirnos de ese camino. Es la que nos dice que aunque ahora estemos cansados o nos apetezca realizar cualquier otra actividad más gratificante, debemos continuar, debemos persistir, para que el ojo sea capaz de ver el futuro; para que sea capaz de ver dónde se encuentra nuestra meta. Esa voz es la que nos ayuda y nos hace seguir con los planes preestablecidos cumpliendo con las normas, nos hace ser capaces de autocontrolarnos para no desviarnos. Si esta voz nos falla, no nos puede decir que nos paremos a analizar lo que estamos haciendo o lo que debemos hacer o decir, no le damos tiempo al ojo para que pueda ver adecuadamente el camino correcto.
  3. Corazón de la mente. Se encarga de controlar nuestras emociones, de darnos el tiempo de espera necesario para separar los hechos que se producen  de los sentimientos que nos provocan, ajustando nuestras reacciones adecuadamente antes de que estas se manifiesten de forma inadecuada. Si somos incapaces de ver lo que nos pasó en otras ocasiones y si además, somos incapaces de decirnos a nosotros mismos que nos calmemos antes y analicemos la situación, el corazón mostrará sus emociones de forma incontrolada o desproporcionada. Además, nuestro corazón de la mente también se encarga de decirle a  nuestra voz que nos anime, que nos automotive para continuar por el camino que hemos comenzado, independientemente de las dificultades que encontremos en él. Cuando  este corazón nos falla necesitamos que sean otros los que estén ahí para animarnos, para motivarnos a continuar, para que nos digan aquello que debemos  o no debemos hacer.
  4. Juego de la mente. Este juego consiste en manejar adecuadamente la información que nos va llegando de forma que, si se nos presentan problemas a lo largo del camino seamos capaces de resolverlos de manera efectiva y aceptable, acorde con las normas. Para llegar a la solución adecuada debemos ser capaces de mantener en mente la información  que nos llega y relacionarla con la que ya tenemos, con la que ya conocemos y, además, debemos dejar que intervengan también nuestros ojos, nuestra voz y nuestro corazón. Dependiendo del tipo de información que se nos presente, en ocasiones deberemos ser capaces de, bien descomponerla en trocitos más pequeños para trabajar con ella convenientemente o bien de aunarla para comprenderla mejor. De este modo seremos capaces de pensar en las  distintas opciones que tenemos y podremos planificar la mejor estrategia para solucionar adecuadamente los problemas que puedan surgirnos.

Pensemos en las funciones ejecutivas como si de un puzzle se tratase. Cada pieza por sí sola no nos permite ver el todo  pero sí el conjunto de ellas. Cada pieza es importante para el conjunto; cada pieza está interconectada con el resto, necesita de las otras; podemos colocar muchas de ellas correctamente pero si una sola pieza nos falla, el resultado final no estará completo. Algo habrá fallado.

Diariamente  y a lo largo de nuestros caminos todos nos encontramos obstáculos que intentamos resolver o esquivar de la mejor manera posible. Pero sin duda, cuando nos falla la vista, cuando nos falla la voz, cuando nuestro corazón no funciona bien, cuando somos incapaces de hacer un buen juego, nuestro camino que al comienzo parecía una autopista recta se va convirtiendo en un laberinto; haciéndose cada vez más tedioso y complicado, porque nos fallan las claves para comprender ciertas señales de circulación o porque nos fallan las claves para aplicar bien y en el momento adecuado esas normas que  sí conocemos.

 

Paqui Moreno, psicóloga y terapeuta en Red Cenit