Es el momento de irse a casa después  de un largo tiempo jugando en el parque y Adrián no está dispuesto a irse sin más. A pesar de que sus padres llevan insistiendo un buen rato, cuando llega el momento de ponerse firmes, Adrián se tira al suelo y comienza a patalear y berrear. ¡Eres tonto!, grita con los ojos inyectados de lágrimas y rabia, mientras sus padres no saben dónde esconderse. Su madre está  a punto de ceder y dejarle un ratito más, pues lo pasa muy mal viendo a su hijo en ese estado y por que no decirlo, ante la incomodidad de las miradas enjuiciadoras de los demás padres; mientras que su padre ya harto del comportamiento de su hijo, comienza a levantar la voz.

Esta situación se repite frecuentemente. Parece que Adrián tenga una habilidad especial para montar el show en el momento más inoportuno, y si es en público, todavía se pone más intenso. Y los padres, desesperados ya no saben qué hace con sus rabietas.

Adrián ya ha dejado de ser un bebé,  tiene cada vez más autonomía y esto le da una sensación de poder que le hace imponerse. Además, aún no tiene suficiente autocontrol como para simplemente aceptar que no va a obtener lo que quiere. Eso le genera unos sentimientos que todavía no es capaz de manejar. Los padres de Adrián, primerizos en esto de las rabietas, tampoco saben muy bien cómo afrontar estas situaciones. Se esfuerzan por ser buenos padres, pero como a todos nos ha pasado, a veces la paciencia se pierde.

Este caso no es ni mucho menos aislado. Es raro ver a niños de entre 2 y 5 años que no tengan rabietas. Estas surgen como reflejo de una inmadurez en su capacidad para gestionar, controlar y expresar sus emociones, su falta de inhibición y su aún escasa tolerancia a la frustración.

Si Adrián  pudiera reflexionar sobre sus actos y expresarse con la coherencia de un adulto, probablemente pediría:

  • “Cuando me pongo así no lo hago para fastidiar, lo hago porque todavía no he aprendido a manejar el enfado y la frustración, es algo que aprenderé con el tiempo. Es la forma que tengo de comunicar que no estoy de acuerdo con esa situación, aún no sé hacerlo de otra manera. Por eso necesito que seas firme, a la vez que cariñoso y comprensivo conmigo.”
  • “No te preocupes o te sientas mal porque llore, grite o me enfurruñe cuando no obtengo lo que quiero, esto es bueno para mí. Aunque no lo paso nada bien, a veces necesito sentirme así. Esto me ayudará a aprender a afrontar situaciones futuras; me ayuda a aprender a desarrollar mi capacidad para controlar mis emociones y además,  es una vía de escape para liberar las tensiones acumuladas. Déjame sentir lo que necesito sentir en cada momento, aunque sea en público y algo embarazoso. Aún no he aprendido a gestionar mis emociones, pero si no me permites lidiar con ellas, tardaré más  en aprender, sobre todo si además, te enfadas conmigo.”
  • “Mándame mensajes claros y estables, no contradictorios, si unas veces me permites y otras no, o si cedes y otras veces no, me confundes y seguiré intentándolo a pesar de que te enfades conmigo ya que a veces, me funciona.”
  • “Tú eres el adulto, no yo. Tú eres el que supuestamente tiene autocontrol. No dejes que los nervios te puedan y acabes pidiéndome lo que tú no eres capaz de hacer. Eres mi ejemplo. Aprendo de tí.”
  • “No intentes razonar conmigo cuando me pongo así, en esos momentos no soy capaz de escuchar a nadie, déjame mi tiempo y mi espacio, no te enfrentes cuando tengo rabietas, ni me sigas el juego,  sólo conseguirás  alargar la situación. Necesito mi tiempo para aceptarlo y tranquilizarme y cuando lo haga, te necesitaré a mi lado sin reproches, ni resentimientos.”
  • “Actúa a mi favor, no en función  de  lo que  los demás puedan pensar. No te avergüences de mí cuando tengo una rabieta. Siempre habrá  por el mundo personas insensibles  e incomprensivas, pero yo soy más importante que ellas. ¿No?”

María Vivó, es especialista en audición y lenguaje, y terapéuta en Red Cenit Valencia

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