Ser padre es una condición de por vida, una decisión que no tiene marcha atrás. Podemos equivocarnos, cambiar de parecer en todas las decisiones que tomemos a lo largo de nuestra vida, cambiar de coche, de trabajo, incluso de pareja, pero no puedes echar la vista a un lado cuando tomas la decisión de ser padre.
Cuando llega el momento, te haces preguntas como, ¿seré un buen padre? ¿Podré darle a mi hijo todo lo que necesita? ¿Llegará el momento en el que no sabré qué hacer? Y ese momento llega, claro que llega. Pero no sólo una vez, si no a cada paso que das. Te embriagas en esa sensación diariamente y crees en tu instinto para hacer las cosas que crees que son mejores para tu hijo. Pero… ¿todos podemos ser padres?

Esta es una cuestión que se observa muchas veces en las cafeterías, los parques, los colegios e incluso en los hogares. “¿Y ese niño que no para de llorar y tirarse al suelo? Vaya padres…”. Es una frase que he escuchado más de una vez, una frase que me retumba y pienso en esos padres y esos hijos. Esos hijos que quizá solo estén tramando la manera de conseguir ese juguete que tanto quieren o, por el contrario, están envueltos en una crisis debido a que esa calle no es la calle por la que están acostumbrados a pasar y hoy han pasado porque su madre tenía que comprar pan. Ser padre es difícil, pero ser padre de un niño con TEA lo es aún más. Esa necesidad absoluta de tener todo bien ajustado, controlado y que nada se te escape, procura que nada se te escape…

Y me hago la pregunta de nuevo, ¿todos podemos ser padres? Muchos dirían que no, que ser padres no es llevar dinero a casa para tener a tus hijos bien atendidos; que no es comprar a tu hijo que no ves durante toda una semana con sus juguetes favoritos o que le consientas todo con tal de no verte envuelto en una de sus rabietas. Ser padres, es mucho más que eso, dirían; tirarte al suelo a jugar con él o frente al espejo haciendo carantoñas, regalarle minutos de tu tiempo solo y exclusivamente para él o poner límites cuando es realmente necesario. Eso si es ser padres, dirían.

Pero eso solo son estrategias, estrategias que nos van guiando día a día a lidiar con la situación en la que nos encontramos. ¿Y si damos a esos padres las estrategias que necesitan? ¿Ya podrían considerarlos para ser padres? ¿Y si dotamos a esos padres de los recursos necesarios para que ellos mismos puedan y sepan desenvolverse en todas las situaciones que puedan darse? ¿Sería tan desbaratado?

Por eso es tan importante la intervención con la familia, el entorno en el que se desenvuelve el niño, que es sin duda el que tiene que desarrollar destrezas para afrontar las situaciones del día a día, que es realmente quien tiene que involucrarse y hacerse participe en la evolución de ese niño y, de esta forma, empoderarlos, llenarlos de sabiduría y habilidades para que ellos mismos sean los agentes que guíen su vida y que mejoren ellos mismos la calidad de esta. Es bien sabido que los adultos significativos para el niño juegan un papel crucial en su desarrollo lingüístico, en el que se ajustan a sus limitaciones y atribuyen significado a sus conductas cuando el lenguaje aún no existe. En otras palabras, me refiero a las ayudas que los adultos proporcionan a los niños que están aprendiendo, que les permiten ir avanzando y que, de forma progresiva, irán desapareciendo para que el niño alcance niveles más altos de desarrollo. Si bien hay que tener en cuenta una serie de factores que influyen en la interacción familiar como la calidad de las relaciones de los padres con los hijos, las experiencias con el entorno físico y social que la familia ofrece al niño, las características de la familia y las características personales de los propios padres. También es importante saber que no solo los padres tienen un efecto en el desarrollo lingüístico de su hijo, la capacidad comunicativa del niño también influye en el input que recibe de sus padres. Y retomando la cuestión anterior, ¿todos podemos ser padres? Claro que sí, siempre que tengamos los recursos necesarios. ¿Y si no los tenemos? Aquí os dejo algunas indicaciones que se pueden llevar a cabo en casa y que pueden servir para que mejorar la calidad en la que te comunicas con tu hijo.

¿Cómo podemos gestionar la comunicación y la conversación con nuestro hijo?

  • Observar y escuchar cómo se comunica.
  • Respetar el silencio.
  • Seguir su iniciativa.
  • Imitar sus actos.
  • Interpretar sus actos.
  • Tomar turnos alternativamente.
  • Alargar las secuencias comunicativas.

¿Cómo podemos ajustarnos y adaptarnos al lenguaje de nuestro hijo?

  • Utilizar un vocabulario adecuado a su nivel.
  • Utilizar frases cortas, ajustadas a su nivel.
  • Hablar despacio y pronunciar claramente.
  • Utilizar una entonación agradable y un tono dulce.
  • Tener en cuenta los aspectos paralingüísticos (risas, exclamaciones, onomatopeyas…).

¿Qué estrategias puedo utilizar para favorecer el desarrollo lingüístico?

  • Expandir sus enunciados. Por ejemplo, si él dice “rojo”, se añadiría algún elemento más a sus enunciados, “ah sí, el coche rojo”.
  • Corregir implícitamente los enunciados del niño. Por ejemplo, si él dice “ote” para referirse a la palabra coche, nosotros diríamos, “muy bien, el coche”.
  • Valorar positivamente los actos comunicativos de los niños.
  • Formular preguntas de elección al niño.

“El que ve crecer las cosas desde el principio… tendrá la mejor visión de las mismas”. Aristóteles, 322 A.C.

Virginia Román, es logopeda en Red Cenit Valencia